A Friedrich Wolfgang. Vienna.
Insel, 11 de Enero de 18...
Mi querido amigo. Hay veces en las que nos encontramos con sucesos ante nuestros ojos que bien podríamos calificar de literarios o apócrifos, incluso, si es que se puede llegar a enteder el alcance de esta palabra. Este, tal vez, sea uno de esos capítulos apócrifos de la historia de la humanidad, uno de esos acotecimientos que tanto pesar y huella dejan en el rotar del universo.
Insel es una población, si bien pequeña, cargada de superstición y no es de extrañar que cualquier suceso que pase por incomprendido se convierta en boca y temor de todos. Hace no mucho, tuvo a bien visitar nuestra comarca un anciano hermitaño que según comentaba, venía desde las tierras de Valaquia viajando. Sabrás que las susodichas tierras no se esncuentras extremadamente alejadas de aquí, pero aun así, mi casera, con sumo placer, acogió al viajero y le proporcionó comida, agua y un lugar caliente donde pasar unos días. Puesto que se alojaba en mi misma casa, me fue pronto presentado. Lo conocí tras la cena del primer día de su llegada. Su nombre, según decía, era Martin Keoght. Lo vi como un hombre, si bien envejecido, con un rostro carente de barba o bigote, con las huellas de un cansancio de años, bien es cierto, pero con una vitalidad llamativa para la edad que aparentaba. Su vestimenta no llegué a verla, pues pronto fue ataviado con un traje del difunto marido de mi casera. Cuando me lo presentaron, estaba frente a la chimenea y contemplaba el fuego como con abstracción pasmosa. Casi notaba miedo en su mirada, no obstante, cualquier sombra que pudiera albergar, desapareció al volver la vista hacia mí. Me estrechó fuertemente la mano y me invitó a que me sentara a su lado. Así lo hice mientras él permanecía impasible observando el fuego de nuevo.
- Le gusta el fuego -inquirí.
Sonrió.
- Mi querido amigo, cuando un hombre lleva, como yo, tanto tiempo viajando y viviendo en la penumbra de la naturaleza, un simple milagro como es el fuego se convierte en toda una institución, de echo, se convierte en religión.
Pensé un momento en las palabras del anciano extrañado en que para ser un hermitaño o peregrino, practicaba una elocución casi rozando lo hereje.
- Seguramente le extrañará mi manera de hablar -dijo como atendiendo a mis pensamientos- Debe perdonarme, de allí de donde vengo hace tiempo que se perdió la fé en el Dios que usted adora.
- Creía recordar que en la tierra de Valaquia se practicaba un cristianismo ortodoxo. ¿Acaso no es usted de allí? -inquirí.
Se quedó un momento pensando, como sopensando las palabras con las que me iba a responder. la vista no la desviaba de las llamas cuando me respondió con lo que en principio me pareció una evasiva.
- ¿Qué opina del fuego, señor? ¿No le resulta curioso que algo tan sencillo como las llamas sean a la vez bien y muerte?
- Supongo que podría considerarse la gran metáfora de la vida ¿No?
sonrió.
- ¿Cree usted en Dios?
Debo decir que esta pregunta me sorprendió bastante y casi sin querer recuperé en mi mente el fragmento del Fausto de Goethe en que la bella Margueritte hacía la misma pregunta a Fausto. Por un momento este pensamiento me llevó por mil diversos mundos. Pasé en un instante por mi propia Margueritte hasta que llegué a Elise.
- ¿Quién podría exclamar que no cree en él?
- Yo puedo, mi señor.
Se produjo un hondo e incómodo silencio. Ambos nos quedamos contemplando las llamas durante un rato que me pareció muy largo.
Querido amigo. En este punto, sin que yo inquiriera nada, sin que pusiera en tela de juicio o duda sus palabras, habló, comenzó a relatar y no paró durante una hora que me resultó horrible por el relato que me contó.
No voy a decir y decidí tomarlo por real o por la fantasía de un pueblo. Pero realmente me estremeció.
Desgraciadamente he dado mi palabra de guardar profundo el secreto hasta, al menos, la muerte del hermitaño. Ya sabes que soy hombre de palabra y voy a cumplirla.
Sólo quería que supieras lo que ha pasado aunque no puedas acceder al núcleo de mis pesares.
Por otra parte, debo decirte que he tomado una importante decisión. Creo que este relato, en parte, ha sido el causante de decidir dar este paso. Voy a pedir la mano de Elise, mi querido Friedrich. Siento que me va a ser concedida y que me voy a convertir en el hombre más feliz sobre la faz de la tierra. Tal ha sido el poder de las palabras del hermitaño. Voy a regalarle Margueritte. Si la respuesta es un sí, Margueritte será mi regalo para Elise. Creo que esa ópera es tanto más mi ser de lo que puedo mostrar yo mismo. Será el perfecto regalo, la perfecta forma de entregarme a ella.
Estoy deseando ir a casa de su padre y encontrar el momento perfecto para lanzar la pregunta. Soy muy feliz y por fin me siento imbuído de determinación.
Espero poder decirte en mi próxima carta que estoy prometido.
Eryk Von Bicken
Eryk Von Bicken
Un hombre perdido entre un mundo y sus sueños

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