Bathory
Muy señor mío, como podrá usted entender, no padecí presonalmente los males que me dispongo a relatarle. Tales hechos ocurrieron, según datan documentos guardados por mi familia, alrededor del año cristiano de 1600. Hace ya bastante tiempo ¿Verdad? Pero la gente no olvida, puede estar seguro y las generaciones, si bien no heredan el vivo impacto de la desgracia, si bien no heredan esa memoria visible de las lágrimas, sí heredan su estela, su declive traumático y su desgracia. A mi familia le ha tocado vivir en esa desgracia desde entonces. ¿Usted cree en Dios? Le haré una pregunta. ¿Qué se supone que debe pensar una persona sobre Dios, cuando a su hija la asesinan en pos de un rito satánico? ¿Creería usted en Dios?
Pero me estoy adelantando. Le contaré la historia de una dama. Elizabeth Bathory. Según yo mismo tengo entendido nació en el seno de una de las familias aristocráticas de mi tierra. No le mentiré. Antecedentes había ya en su familia, según cuentan, de satanismo y ritos esotéricos. Pero ella fue la peor. Ella, perdida la cabeza ante su vejez, sabiendo que esa belleza que había poseído acabaría desvirtuándose y no queriendo permitir tal ultraje para con su persona, decidió abrazar las artes oscuras. Esto es lo que se cuenta. Tuvo que pensar en un momento determinado, merced a algún macabro destino, crea, tiemblo al recordarlo, que podría mantener su rostro eternamente joven si (me horrorizo al pensarlo) bañaba su cuerpo en sangre de mujeres vírgenes.
Lo sé, sé que le parecerá algo totalmente descabellado, algo que atenta contra toda razón, algo de novela de terror gótico o similar. Pero así es. Eso creyó la duquesa y bien supo rodearse de aquello y aquellos que le ayudarían a llevar hacia delante su macabro plan. Se cuenta que ideó una sala de torturas para las pobres muchachas y cada noche repetía un infernal proceso para descuartizarlas y regodearse en su sangre. Realmente cuentan muchas cosas en torno a todo lo que pasó, algunas muy macabras. Se cuenta también que alimentaba a las prisioneras que hacía con carne de antiguas prisioneras muertas. Sé que se está horrorizando por esto que le cuento, le entiendo, puede creerme.
Los documentos oficiales cuentan que hacia el año 1610 llegaron muchos informes realmente siniestros al rey, quien envió a uno de sus vasallos a que se ocupara del caso. El hombre, totalmente desfugirado por la escena que encontró condenó a la duquesa a guardar prisión en su propio castillo en el que perecería cuatro años después. En cuanto a todos los que la ayudaron, murieron en la hoguera acusados de los más horribles crímenes.
Esta es la historia que mis antepasados me han trasmitido a mí. Y en esto que en mi juventud, creyendola absurda, decidí visitar las ruinas del castillo y no se puede hacer una idea de cuál fué mi sorpresa cuando al llegar encontré en cadaver de una mujer, de una muchacha joven. Estaba totalmente descuartizada. Puede hacerse cargo de la impresión que me causó tal escena. Oi pasos a mi espalda y cuando me volví me encontré con otra mujer, esta anciana ya cuyo rostro estaba totalmente empapado de la sangre de la que supuse la doncella muerta. No diré que era Bathory reencarnada, o que de alguna extraña forma, había logrado sobrevivir tantos siglos, tal vez, gracias a esos ritos satánicos. Dicen que había muerto, pero ¿realmente es cierto todo lo que cuentan? No sé qué debo decirle. El caso es que cogí mi arma y maté a la anciana. No medié palabra con ella. No iba a ensuciar mis labios profiriendo nada contra ese despreciable ser. La bala le golpeó en la frente y lo único que escuché fué el riudo producido por el golpe de la caída. Maté a una anciana a la que acusé de un crimen. Tal vez acabara de sacrificar a alguna gallina y pasaba por ahí. Pero eso yo nunca lo sabré, pues la juzgué. Sé que mi interior me dice que hice lo correcto, que realmente era quien había asesinado a la pobre muchacha. Desde entonces, cada noche, cuando me acuesto y cierro los ojos, veo el rostro desfigurado de la joven muerta. Creo que desde entonces, nunca he vuelto a conciliar el sueño. Por eso soy hermitaño. Pensé que viajar por el mundo, conocer otros sitios, redimiría mi pena. Vagar, dicen, ayuda a pensar y a superar los males, las miserias de cada uno. Yo no he superado las mías, por eso sigo vagando.
Esta historia me fue relatada por un ser excepcional el día 11 de enero de 18... en una bonita hacienda en Insel. He pensado muchas cosas mientras oía este excepcional relato. Me ha pedido que guarde el secreto hasta el día en que muera y ya no pueda caer nada contra él. No obstante, conociendo las carencias de mi memoria, he decidido dejarlo por escrito para que en el futuro se pueda conocer la historia de Elizabeth Bathory y más especialmente del señor Martin Keoght.

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