Eryk Von Bicken

Un hombre perdido entre un mundo y sus sueños

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Location: Cartagena, Murcia, Spain

Friday, May 20, 2005

Bathory

Muy señor mío, como podrá usted entender, no padecí presonalmente los males que me dispongo a relatarle. Tales hechos ocurrieron, según datan documentos guardados por mi familia, alrededor del año cristiano de 1600. Hace ya bastante tiempo ¿Verdad? Pero la gente no olvida, puede estar seguro y las generaciones, si bien no heredan el vivo impacto de la desgracia, si bien no heredan esa memoria visible de las lágrimas, sí heredan su estela, su declive traumático y su desgracia. A mi familia le ha tocado vivir en esa desgracia desde entonces. ¿Usted cree en Dios? Le haré una pregunta. ¿Qué se supone que debe pensar una persona sobre Dios, cuando a su hija la asesinan en pos de un rito satánico? ¿Creería usted en Dios?
Pero me estoy adelantando. Le contaré la historia de una dama. Elizabeth Bathory. Según yo mismo tengo entendido nació en el seno de una de las familias aristocráticas de mi tierra. No le mentiré. Antecedentes había ya en su familia, según cuentan, de satanismo y ritos esotéricos. Pero ella fue la peor. Ella, perdida la cabeza ante su vejez, sabiendo que esa belleza que había poseído acabaría desvirtuándose y no queriendo permitir tal ultraje para con su persona, decidió abrazar las artes oscuras. Esto es lo que se cuenta. Tuvo que pensar en un momento determinado, merced a algún macabro destino, crea, tiemblo al recordarlo, que podría mantener su rostro eternamente joven si (me horrorizo al pensarlo) bañaba su cuerpo en sangre de mujeres vírgenes.
Lo sé, sé que le parecerá algo totalmente descabellado, algo que atenta contra toda razón, algo de novela de terror gótico o similar. Pero así es. Eso creyó la duquesa y bien supo rodearse de aquello y aquellos que le ayudarían a llevar hacia delante su macabro plan. Se cuenta que ideó una sala de torturas para las pobres muchachas y cada noche repetía un infernal proceso para descuartizarlas y regodearse en su sangre. Realmente cuentan muchas cosas en torno a todo lo que pasó, algunas muy macabras. Se cuenta también que alimentaba a las prisioneras que hacía con carne de antiguas prisioneras muertas. Sé que se está horrorizando por esto que le cuento, le entiendo, puede creerme.
Los documentos oficiales cuentan que hacia el año 1610 llegaron muchos informes realmente siniestros al rey, quien envió a uno de sus vasallos a que se ocupara del caso. El hombre, totalmente desfugirado por la escena que encontró condenó a la duquesa a guardar prisión en su propio castillo en el que perecería cuatro años después. En cuanto a todos los que la ayudaron, murieron en la hoguera acusados de los más horribles crímenes.
Esta es la historia que mis antepasados me han trasmitido a mí. Y en esto que en mi juventud, creyendola absurda, decidí visitar las ruinas del castillo y no se puede hacer una idea de cuál fué mi sorpresa cuando al llegar encontré en cadaver de una mujer, de una muchacha joven. Estaba totalmente descuartizada. Puede hacerse cargo de la impresión que me causó tal escena. Oi pasos a mi espalda y cuando me volví me encontré con otra mujer, esta anciana ya cuyo rostro estaba totalmente empapado de la sangre de la que supuse la doncella muerta. No diré que era Bathory reencarnada, o que de alguna extraña forma, había logrado sobrevivir tantos siglos, tal vez, gracias a esos ritos satánicos. Dicen que había muerto, pero ¿realmente es cierto todo lo que cuentan? No sé qué debo decirle. El caso es que cogí mi arma y maté a la anciana. No medié palabra con ella. No iba a ensuciar mis labios profiriendo nada contra ese despreciable ser. La bala le golpeó en la frente y lo único que escuché fué el riudo producido por el golpe de la caída. Maté a una anciana a la que acusé de un crimen. Tal vez acabara de sacrificar a alguna gallina y pasaba por ahí. Pero eso yo nunca lo sabré, pues la juzgué. Sé que mi interior me dice que hice lo correcto, que realmente era quien había asesinado a la pobre muchacha. Desde entonces, cada noche, cuando me acuesto y cierro los ojos, veo el rostro desfigurado de la joven muerta. Creo que desde entonces, nunca he vuelto a conciliar el sueño. Por eso soy hermitaño. Pensé que viajar por el mundo, conocer otros sitios, redimiría mi pena. Vagar, dicen, ayuda a pensar y a superar los males, las miserias de cada uno. Yo no he superado las mías, por eso sigo vagando.

Esta historia me fue relatada por un ser excepcional el día 11 de enero de 18... en una bonita hacienda en Insel. He pensado muchas cosas mientras oía este excepcional relato. Me ha pedido que guarde el secreto hasta el día en que muera y ya no pueda caer nada contra él. No obstante, conociendo las carencias de mi memoria, he decidido dejarlo por escrito para que en el futuro se pueda conocer la historia de Elizabeth Bathory y más especialmente del señor Martin Keoght.

Tuesday, May 17, 2005

A Friedrich Wolfgang. Vienna.
Insel, 11 de Enero de 18...

Mi querido amigo. Hay veces en las que nos encontramos con sucesos ante nuestros ojos que bien podríamos calificar de literarios o apócrifos, incluso, si es que se puede llegar a enteder el alcance de esta palabra. Este, tal vez, sea uno de esos capítulos apócrifos de la historia de la humanidad, uno de esos acotecimientos que tanto pesar y huella dejan en el rotar del universo.
Insel es una población, si bien pequeña, cargada de superstición y no es de extrañar que cualquier suceso que pase por incomprendido se convierta en boca y temor de todos. Hace no mucho, tuvo a bien visitar nuestra comarca un anciano hermitaño que según comentaba, venía desde las tierras de Valaquia viajando. Sabrás que las susodichas tierras no se esncuentras extremadamente alejadas de aquí, pero aun así, mi casera, con sumo placer, acogió al viajero y le proporcionó comida, agua y un lugar caliente donde pasar unos días. Puesto que se alojaba en mi misma casa, me fue pronto presentado. Lo conocí tras la cena del primer día de su llegada. Su nombre, según decía, era Martin Keoght. Lo vi como un hombre, si bien envejecido, con un rostro carente de barba o bigote, con las huellas de un cansancio de años, bien es cierto, pero con una vitalidad llamativa para la edad que aparentaba. Su vestimenta no llegué a verla, pues pronto fue ataviado con un traje del difunto marido de mi casera. Cuando me lo presentaron, estaba frente a la chimenea y contemplaba el fuego como con abstracción pasmosa. Casi notaba miedo en su mirada, no obstante, cualquier sombra que pudiera albergar, desapareció al volver la vista hacia mí. Me estrechó fuertemente la mano y me invitó a que me sentara a su lado. Así lo hice mientras él permanecía impasible observando el fuego de nuevo.
- Le gusta el fuego -inquirí.
Sonrió.
- Mi querido amigo, cuando un hombre lleva, como yo, tanto tiempo viajando y viviendo en la penumbra de la naturaleza, un simple milagro como es el fuego se convierte en toda una institución, de echo, se convierte en religión.
Pensé un momento en las palabras del anciano extrañado en que para ser un hermitaño o peregrino, practicaba una elocución casi rozando lo hereje.
- Seguramente le extrañará mi manera de hablar -dijo como atendiendo a mis pensamientos- Debe perdonarme, de allí de donde vengo hace tiempo que se perdió la fé en el Dios que usted adora.
- Creía recordar que en la tierra de Valaquia se practicaba un cristianismo ortodoxo. ¿Acaso no es usted de allí? -inquirí.
Se quedó un momento pensando, como sopensando las palabras con las que me iba a responder. la vista no la desviaba de las llamas cuando me respondió con lo que en principio me pareció una evasiva.
- ¿Qué opina del fuego, señor? ¿No le resulta curioso que algo tan sencillo como las llamas sean a la vez bien y muerte?
- Supongo que podría considerarse la gran metáfora de la vida ¿No?
sonrió.
- ¿Cree usted en Dios?
Debo decir que esta pregunta me sorprendió bastante y casi sin querer recuperé en mi mente el fragmento del Fausto de Goethe en que la bella Margueritte hacía la misma pregunta a Fausto. Por un momento este pensamiento me llevó por mil diversos mundos. Pasé en un instante por mi propia Margueritte hasta que llegué a Elise.
- ¿Quién podría exclamar que no cree en él?
- Yo puedo, mi señor.
Se produjo un hondo e incómodo silencio. Ambos nos quedamos contemplando las llamas durante un rato que me pareció muy largo.
Querido amigo. En este punto, sin que yo inquiriera nada, sin que pusiera en tela de juicio o duda sus palabras, habló, comenzó a relatar y no paró durante una hora que me resultó horrible por el relato que me contó.
No voy a decir y decidí tomarlo por real o por la fantasía de un pueblo. Pero realmente me estremeció.
Desgraciadamente he dado mi palabra de guardar profundo el secreto hasta, al menos, la muerte del hermitaño. Ya sabes que soy hombre de palabra y voy a cumplirla.
Sólo quería que supieras lo que ha pasado aunque no puedas acceder al núcleo de mis pesares.
Por otra parte, debo decirte que he tomado una importante decisión. Creo que este relato, en parte, ha sido el causante de decidir dar este paso. Voy a pedir la mano de Elise, mi querido Friedrich. Siento que me va a ser concedida y que me voy a convertir en el hombre más feliz sobre la faz de la tierra. Tal ha sido el poder de las palabras del hermitaño. Voy a regalarle Margueritte. Si la respuesta es un sí, Margueritte será mi regalo para Elise. Creo que esa ópera es tanto más mi ser de lo que puedo mostrar yo mismo. Será el perfecto regalo, la perfecta forma de entregarme a ella.
Estoy deseando ir a casa de su padre y encontrar el momento perfecto para lanzar la pregunta. Soy muy feliz y por fin me siento imbuído de determinación.
Espero poder decirte en mi próxima carta que estoy prometido.

Eryk Von Bicken

Sunday, May 15, 2005

"Padre, por favor, protege mi belleza. Dime qué he de hacer para permanecer joven por siempre. No permitas que envejezca como las otras. Hazme inmortal en mi dulzura, mantén mi torso bello por siempre, haré cuanto pidas por ver realizado mi deseo."
Amen