Eryk Von Bicken

Un hombre perdido entre un mundo y sus sueños

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Name: El Mimo
Location: Cartagena, Murcia, Spain

Saturday, April 23, 2005

A Friedrich Wolfgang. Vienna.
Insel, 6 de Enero de 18...

Querido amigo:
El otro día tuve a bien acompañar al señor Levén. Es un gran hombre, ya te lo he dicho en alguna carta, padre de mi amiga y experto médico de la pedanía. Como se ha vuelto costumbre durante las tardes de domingo, visito a mi joven amiga en su hogar y acompañado de su familia, tomamos té durante toda la tarde y charlamos de muy diversos temas de actualidad. Siempre se muestran muy interesados en mi obra y también gustan mucho de preguntar por la vida en Vienna. La conocen por gran centro romántico y cultural y son muchos los habitantes de esta pedanía que sueñan con abandonar sus tierras y lanzarse a la aventura vienesa. Los más jóvenes dedican gran parte de sus tiempos de ocio a preparar cruzadas que los lleven a la ciudad mientras que los tutores y padres se esfuerzan por hacerles entender que lo primero es una buena preparación en letras y ciencias, cosas que ellos encuentran falaces. El caso es que mi última visita resultó en extremo distinta al resto puesto que cuando llegué encontré, como era habitual, a la joven señora de la casa y a Elise en el salón de té acompañadas de la señora Bowie, una vecina amiga de la familia. También estaba presente el pequeño Bowie, un muchacho inquieto de unos 15 años que acompañaba normalmente a su madre cuando visitaba a la familia Levén. Lo que llamó mi atención fue la ausencia del señor Levén al cual me excusaron por motivos de trabajo. Según me comentaron, había acudido a ver si había sanación posible para un hombre que se había perdido a sí mismo. "Un pobre diablo" comenzó a exclamar la señora Bowie, "Un castigo del cielo, sin lugar a dudas, sólo Dios sabe los pecados que habrá cometido ese hombre para que ni él mismo..." No pudo acabar la frase. Elise la miraba con un acento recriminatorio. Si bien la mujer era amiga de la señora Levén, no así ocurría con su hija quien la tenía por una señorona acomodada y pérfida qeu no conocía más grandeza que ella misma y el resto se le desvelaba como miserioso. Una mujer, según me había comentado hace tiempo Elise, que igualaba la miseria de las personas a los pecados, para ella, una persona pobre, era pobre porque lo merecía, porque Dios la había condenado a ello. No es de extrañar que la sensibilidad de mi amiga chocara con las aristocráticas formas de la dama en cuestión.
Tras el silencio repentido, la señora Levén tuvo a bien comentarme que su esposo se había retirado pues desde hace un mes, habitaba en el pueblo un hombre del que nadie conocía procedencia, ni aún él mismo. Era un hombre que había venido moribundo y sin memoria de quién era. Comentaba que ni siquiera recordaba su nombre. Desde aquel momento había estado bajo los cuidados de una señora viuda que tuvo a bien acogerlo en su casa. de vez en cuando el doctor Levén había acudido en ayuda del hombre, buscando algún remedio que pudiera serle útil para ayudarlo a recuperar su pasado. No obstante todo había sido en vano. la urgencia de aquel día venía por una pesadilla que, según le habían comentado, había tenido el hombre aquella noche y el doctor creía que podía ser parte de su pasado que surgía a través de su subconsciente en los sueños.
Escuché el relato de la señora Levén con suma atención y sentí deseos de ver al hombre. Así se lo comuniqué a Elise quien accedió a acompañarme. De camino al hogar de la viuda Lenk, mi amiga me comentó que el hombre mostraba ya cierta ancianidad y que según los ropajes que vestía, podía haberse tratado de un noble o un burgués acomodado.
Llegamos a la casa de la ciuda quien nos recibió con suma amabilidad y nos comunicó que el señor Levén estaba ahroa mismo hablando con el hombre y había pedido que nadie les interrumpiera. Nos dijo que si deseábamos nos prepararía té para hacer más agradable la espera. Accedimos de buena gana y durante algo más de una hora gozamos de la amable compañía de una señora que a pesar de ser viuda y haber amado todos los días de su vida al que fuera su marido, había aceptado lo que el cielo le había deparado y procuraba llevar una existencia de lo más feliz y provechosa para el día en que le tocara a ella abandonar esta tierra, poder hacerlo con una sonrisa y que de esta forma, cuando encontrara a su marido, lo primero que viera de ella fuera esa sonrisa complaciente y sincera. Una muy grata mujer sin lugar a dudas. Debo confesarte una cosa. A pesar de que prestaba atención a cuanto nos relataba, cual los amantes que conociera Dante en su infierno, no podía evitar torcer la mirada mil veces buscando a Elise quién me miraba por momentos enrojecida y vergonzosa. Tal vez, pensé, ella me busque como la busco yo y desee lo mismo que mis sueños desean. Por respeto a la dama que nos había acogido, busqué una forma de cambiar de tema y que me hablara de aquel hombre al que había acogido. no tuvo tiempo de contarnos mucho antes de que el señor Levén hiciera acto de presencia. La señora le comentó el motivo de nuestra visita y al poco apareció por la puerta un hombre de aspecto anciano, ataviado con ropas que según pude deducir habían pertenecido al señor de la casa en la que nos econtrábamos, quien nos miraba con un acento extraño y medio temeroso. El doctor le invitó a que se sentara, cosa que él mismo hizo mientras la viuda Lenk les servía a ambos té. Estuvimos hablando durante un buen rato y siempre notaba al hombre serio y perdido entre las palabras. Era muy extraño. Lo contemplé realmente conmovido. No sabría explicar realmente la sensación de angustia que me causaba ver a aquel hombre. Pensé que igual que él había caido en el olvido de sí mismo, ¿Qué nos impedía a los demás caer en el mismo vacío, en la misma oscuridad? Temí que llegado yo a la ancianidad acabara mis días olvidado de quien había sido, temí ser ese hombre que nos miraba a todos temeroso, perdido y triste.
nos despedimos pronto y tanto el doctor como Elise y yo nos retiramos a nuestros aposentos. El buen doctor me invitó a que los acompañara durante la cena, pero cortésmente hube de rehusar. Gran aflicción sentía en ese momento mi ser y lo único que deseaba era volver a la soledad de mi dormitorio. A mi secreta oscuridad para meditar sobre mí mismo y pedirle a Dios que si había de llegar el día en que yo mismo perdiera la conciencia de mi ser, que al menos me hubiera dejado el tiempo suficiente para escribir lo suficiente sobre quién había sido para poder releerlo y así, en parte, siempre recordarme aunque lo hiciera como si se tratara de una novela externa a mi propia existencia. Tal fue el impacto que me causó la visión de aquel hombre.

Mi querido Friedrich, hoy más que nunca deseo volver a saber de ti, de mi hermano, de su familia y de todos nuestros amigos de Vienna. Cuéntame todo, hasta el más mínimo detalle que yo sabré amarlo como se debe.

Amigo por siempre
Eryk Von Bicken

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