Eryk Von Bicken

Un hombre perdido entre un mundo y sus sueños

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Location: Cartagena, Murcia, Spain

Tuesday, August 02, 2005

A Friedrich Wolfgang. Viena.
Insel, 20 de Enero de 18...

Mi muy querido amigo:
Debo ser breve en esta carta. Ha pasado algo horrible. No sé encontrar las palabras ni las fuerzas para poder decírtelo. Mi dama, mi bella Elise. Sabes que iba a pedir su mano, que lo tenía ya todo previsto y calculado. Sé que era esperado ese momento con sumo gusto tanto por ella como por su familia y que sómo quedaba formular el suspiro y que me dieran su alivio. Pero lo he retrasado demasiado y ahora creo, estoy condenado a no poder hacerlo. Sé que estás buscando las líneas en las que te cuento lo que ha pasado. No vas a tener que saltar más líneas. Ha caido enferma, aquejada de importantes mareos y pérdidas de conciencia. Las fiebres le suben por momentos y casi no puede abandonar la cama, casi no puede beber y casi no puede ni ver. Su padre es médico, pero parece más enfermo que ella viendo por lo que está pasando su hija y sintiendo que no puede hacer nada por curarla. Me consta que ha enviado correspondencia a varios colegas suyos de Vienna, especialistas en enfermedades nuevas. Vendrán alrededor de esta semana o la que viene, pero temo sea demasiado tarde. No sé qué hacer ni cómo ayudar. Cada noche me abandono a mi piano intentando que las notas lleguen a sus oídos y le ayuden a encontrar el camino. Paso los días en su casa, delante de su cama. Muchos me aconsejan que intente estar alejado de ella pues el desconocimiento de la enfermedad hace que resulte difícil saber si es contagiosa o no. Pero en este momento, sólo deseo caer enfermo a su lado o curarla. Me siento impotente, me siento casi muerto sabiendo que no puedo hacer nada más que cogerla de la mano, besarle la mano y llorar buscando que mis lágrimas le traigan salud. Rezo noche y día.
Un paraiso bucólico se ha convertido en Dante y su infierno. La dulce y cándida madre de mi Elise se ha convertido en un espectro. El padre casi no puede articular palabra y la casa es casi un cementerio de almas desfiguradas por la pena.
Por favor, amigo mío. Intenta hablar con alguien que pueda reconocer en los síntomas que te he contado algo que nos sirva para encontrar su sanación. No puedo hacer más que abogar a tu buena fé y a tu gracia. Eres todo lo que yo puedo hacer, amigo mío.
Eryk Von Bicken

Friday, May 20, 2005

Bathory

Muy señor mío, como podrá usted entender, no padecí presonalmente los males que me dispongo a relatarle. Tales hechos ocurrieron, según datan documentos guardados por mi familia, alrededor del año cristiano de 1600. Hace ya bastante tiempo ¿Verdad? Pero la gente no olvida, puede estar seguro y las generaciones, si bien no heredan el vivo impacto de la desgracia, si bien no heredan esa memoria visible de las lágrimas, sí heredan su estela, su declive traumático y su desgracia. A mi familia le ha tocado vivir en esa desgracia desde entonces. ¿Usted cree en Dios? Le haré una pregunta. ¿Qué se supone que debe pensar una persona sobre Dios, cuando a su hija la asesinan en pos de un rito satánico? ¿Creería usted en Dios?
Pero me estoy adelantando. Le contaré la historia de una dama. Elizabeth Bathory. Según yo mismo tengo entendido nació en el seno de una de las familias aristocráticas de mi tierra. No le mentiré. Antecedentes había ya en su familia, según cuentan, de satanismo y ritos esotéricos. Pero ella fue la peor. Ella, perdida la cabeza ante su vejez, sabiendo que esa belleza que había poseído acabaría desvirtuándose y no queriendo permitir tal ultraje para con su persona, decidió abrazar las artes oscuras. Esto es lo que se cuenta. Tuvo que pensar en un momento determinado, merced a algún macabro destino, crea, tiemblo al recordarlo, que podría mantener su rostro eternamente joven si (me horrorizo al pensarlo) bañaba su cuerpo en sangre de mujeres vírgenes.
Lo sé, sé que le parecerá algo totalmente descabellado, algo que atenta contra toda razón, algo de novela de terror gótico o similar. Pero así es. Eso creyó la duquesa y bien supo rodearse de aquello y aquellos que le ayudarían a llevar hacia delante su macabro plan. Se cuenta que ideó una sala de torturas para las pobres muchachas y cada noche repetía un infernal proceso para descuartizarlas y regodearse en su sangre. Realmente cuentan muchas cosas en torno a todo lo que pasó, algunas muy macabras. Se cuenta también que alimentaba a las prisioneras que hacía con carne de antiguas prisioneras muertas. Sé que se está horrorizando por esto que le cuento, le entiendo, puede creerme.
Los documentos oficiales cuentan que hacia el año 1610 llegaron muchos informes realmente siniestros al rey, quien envió a uno de sus vasallos a que se ocupara del caso. El hombre, totalmente desfugirado por la escena que encontró condenó a la duquesa a guardar prisión en su propio castillo en el que perecería cuatro años después. En cuanto a todos los que la ayudaron, murieron en la hoguera acusados de los más horribles crímenes.
Esta es la historia que mis antepasados me han trasmitido a mí. Y en esto que en mi juventud, creyendola absurda, decidí visitar las ruinas del castillo y no se puede hacer una idea de cuál fué mi sorpresa cuando al llegar encontré en cadaver de una mujer, de una muchacha joven. Estaba totalmente descuartizada. Puede hacerse cargo de la impresión que me causó tal escena. Oi pasos a mi espalda y cuando me volví me encontré con otra mujer, esta anciana ya cuyo rostro estaba totalmente empapado de la sangre de la que supuse la doncella muerta. No diré que era Bathory reencarnada, o que de alguna extraña forma, había logrado sobrevivir tantos siglos, tal vez, gracias a esos ritos satánicos. Dicen que había muerto, pero ¿realmente es cierto todo lo que cuentan? No sé qué debo decirle. El caso es que cogí mi arma y maté a la anciana. No medié palabra con ella. No iba a ensuciar mis labios profiriendo nada contra ese despreciable ser. La bala le golpeó en la frente y lo único que escuché fué el riudo producido por el golpe de la caída. Maté a una anciana a la que acusé de un crimen. Tal vez acabara de sacrificar a alguna gallina y pasaba por ahí. Pero eso yo nunca lo sabré, pues la juzgué. Sé que mi interior me dice que hice lo correcto, que realmente era quien había asesinado a la pobre muchacha. Desde entonces, cada noche, cuando me acuesto y cierro los ojos, veo el rostro desfigurado de la joven muerta. Creo que desde entonces, nunca he vuelto a conciliar el sueño. Por eso soy hermitaño. Pensé que viajar por el mundo, conocer otros sitios, redimiría mi pena. Vagar, dicen, ayuda a pensar y a superar los males, las miserias de cada uno. Yo no he superado las mías, por eso sigo vagando.

Esta historia me fue relatada por un ser excepcional el día 11 de enero de 18... en una bonita hacienda en Insel. He pensado muchas cosas mientras oía este excepcional relato. Me ha pedido que guarde el secreto hasta el día en que muera y ya no pueda caer nada contra él. No obstante, conociendo las carencias de mi memoria, he decidido dejarlo por escrito para que en el futuro se pueda conocer la historia de Elizabeth Bathory y más especialmente del señor Martin Keoght.

Tuesday, May 17, 2005

A Friedrich Wolfgang. Vienna.
Insel, 11 de Enero de 18...

Mi querido amigo. Hay veces en las que nos encontramos con sucesos ante nuestros ojos que bien podríamos calificar de literarios o apócrifos, incluso, si es que se puede llegar a enteder el alcance de esta palabra. Este, tal vez, sea uno de esos capítulos apócrifos de la historia de la humanidad, uno de esos acotecimientos que tanto pesar y huella dejan en el rotar del universo.
Insel es una población, si bien pequeña, cargada de superstición y no es de extrañar que cualquier suceso que pase por incomprendido se convierta en boca y temor de todos. Hace no mucho, tuvo a bien visitar nuestra comarca un anciano hermitaño que según comentaba, venía desde las tierras de Valaquia viajando. Sabrás que las susodichas tierras no se esncuentras extremadamente alejadas de aquí, pero aun así, mi casera, con sumo placer, acogió al viajero y le proporcionó comida, agua y un lugar caliente donde pasar unos días. Puesto que se alojaba en mi misma casa, me fue pronto presentado. Lo conocí tras la cena del primer día de su llegada. Su nombre, según decía, era Martin Keoght. Lo vi como un hombre, si bien envejecido, con un rostro carente de barba o bigote, con las huellas de un cansancio de años, bien es cierto, pero con una vitalidad llamativa para la edad que aparentaba. Su vestimenta no llegué a verla, pues pronto fue ataviado con un traje del difunto marido de mi casera. Cuando me lo presentaron, estaba frente a la chimenea y contemplaba el fuego como con abstracción pasmosa. Casi notaba miedo en su mirada, no obstante, cualquier sombra que pudiera albergar, desapareció al volver la vista hacia mí. Me estrechó fuertemente la mano y me invitó a que me sentara a su lado. Así lo hice mientras él permanecía impasible observando el fuego de nuevo.
- Le gusta el fuego -inquirí.
Sonrió.
- Mi querido amigo, cuando un hombre lleva, como yo, tanto tiempo viajando y viviendo en la penumbra de la naturaleza, un simple milagro como es el fuego se convierte en toda una institución, de echo, se convierte en religión.
Pensé un momento en las palabras del anciano extrañado en que para ser un hermitaño o peregrino, practicaba una elocución casi rozando lo hereje.
- Seguramente le extrañará mi manera de hablar -dijo como atendiendo a mis pensamientos- Debe perdonarme, de allí de donde vengo hace tiempo que se perdió la fé en el Dios que usted adora.
- Creía recordar que en la tierra de Valaquia se practicaba un cristianismo ortodoxo. ¿Acaso no es usted de allí? -inquirí.
Se quedó un momento pensando, como sopensando las palabras con las que me iba a responder. la vista no la desviaba de las llamas cuando me respondió con lo que en principio me pareció una evasiva.
- ¿Qué opina del fuego, señor? ¿No le resulta curioso que algo tan sencillo como las llamas sean a la vez bien y muerte?
- Supongo que podría considerarse la gran metáfora de la vida ¿No?
sonrió.
- ¿Cree usted en Dios?
Debo decir que esta pregunta me sorprendió bastante y casi sin querer recuperé en mi mente el fragmento del Fausto de Goethe en que la bella Margueritte hacía la misma pregunta a Fausto. Por un momento este pensamiento me llevó por mil diversos mundos. Pasé en un instante por mi propia Margueritte hasta que llegué a Elise.
- ¿Quién podría exclamar que no cree en él?
- Yo puedo, mi señor.
Se produjo un hondo e incómodo silencio. Ambos nos quedamos contemplando las llamas durante un rato que me pareció muy largo.
Querido amigo. En este punto, sin que yo inquiriera nada, sin que pusiera en tela de juicio o duda sus palabras, habló, comenzó a relatar y no paró durante una hora que me resultó horrible por el relato que me contó.
No voy a decir y decidí tomarlo por real o por la fantasía de un pueblo. Pero realmente me estremeció.
Desgraciadamente he dado mi palabra de guardar profundo el secreto hasta, al menos, la muerte del hermitaño. Ya sabes que soy hombre de palabra y voy a cumplirla.
Sólo quería que supieras lo que ha pasado aunque no puedas acceder al núcleo de mis pesares.
Por otra parte, debo decirte que he tomado una importante decisión. Creo que este relato, en parte, ha sido el causante de decidir dar este paso. Voy a pedir la mano de Elise, mi querido Friedrich. Siento que me va a ser concedida y que me voy a convertir en el hombre más feliz sobre la faz de la tierra. Tal ha sido el poder de las palabras del hermitaño. Voy a regalarle Margueritte. Si la respuesta es un sí, Margueritte será mi regalo para Elise. Creo que esa ópera es tanto más mi ser de lo que puedo mostrar yo mismo. Será el perfecto regalo, la perfecta forma de entregarme a ella.
Estoy deseando ir a casa de su padre y encontrar el momento perfecto para lanzar la pregunta. Soy muy feliz y por fin me siento imbuído de determinación.
Espero poder decirte en mi próxima carta que estoy prometido.

Eryk Von Bicken

Sunday, May 15, 2005

"Padre, por favor, protege mi belleza. Dime qué he de hacer para permanecer joven por siempre. No permitas que envejezca como las otras. Hazme inmortal en mi dulzura, mantén mi torso bello por siempre, haré cuanto pidas por ver realizado mi deseo."
Amen

Monday, April 25, 2005

He caminado entre nieblas y he visto mi misma mano desaparecer ante mis mismos ojos, esos mismos ojos que han visto llorar tantas veces a esas muñecas de cera.
Tengo la extraña sensación de que toda la esencia de un instante, toda la gracia de la eternidad quedan guardadas en las lágrimas de esas muñecas. Las he observado durante horas y he temblado de la emoción. Si acaso yo mismo fuera un ser inanimado. Enraizaría el musgo recorriendo mis costados y anudando mi mundo a su esencia... si acaso no lo ha hecho ya. ¡Tantas cosas hay en el mundo que nos causan pavor! Tanto más cuando nosotros somos el principal objeto de nuestros miedos.
Ya no sé ni lo que escribo. Esta es una noche solitaria y triste, una noche apagada y sin fuerza. He visto desaparecer mi rostro delante de mis ojos y todavía me pregunto cómo.

Saturday, April 23, 2005

A Friedrich Wolfgang. Vienna.
Insel, 6 de Enero de 18...

Querido amigo:
El otro día tuve a bien acompañar al señor Levén. Es un gran hombre, ya te lo he dicho en alguna carta, padre de mi amiga y experto médico de la pedanía. Como se ha vuelto costumbre durante las tardes de domingo, visito a mi joven amiga en su hogar y acompañado de su familia, tomamos té durante toda la tarde y charlamos de muy diversos temas de actualidad. Siempre se muestran muy interesados en mi obra y también gustan mucho de preguntar por la vida en Vienna. La conocen por gran centro romántico y cultural y son muchos los habitantes de esta pedanía que sueñan con abandonar sus tierras y lanzarse a la aventura vienesa. Los más jóvenes dedican gran parte de sus tiempos de ocio a preparar cruzadas que los lleven a la ciudad mientras que los tutores y padres se esfuerzan por hacerles entender que lo primero es una buena preparación en letras y ciencias, cosas que ellos encuentran falaces. El caso es que mi última visita resultó en extremo distinta al resto puesto que cuando llegué encontré, como era habitual, a la joven señora de la casa y a Elise en el salón de té acompañadas de la señora Bowie, una vecina amiga de la familia. También estaba presente el pequeño Bowie, un muchacho inquieto de unos 15 años que acompañaba normalmente a su madre cuando visitaba a la familia Levén. Lo que llamó mi atención fue la ausencia del señor Levén al cual me excusaron por motivos de trabajo. Según me comentaron, había acudido a ver si había sanación posible para un hombre que se había perdido a sí mismo. "Un pobre diablo" comenzó a exclamar la señora Bowie, "Un castigo del cielo, sin lugar a dudas, sólo Dios sabe los pecados que habrá cometido ese hombre para que ni él mismo..." No pudo acabar la frase. Elise la miraba con un acento recriminatorio. Si bien la mujer era amiga de la señora Levén, no así ocurría con su hija quien la tenía por una señorona acomodada y pérfida qeu no conocía más grandeza que ella misma y el resto se le desvelaba como miserioso. Una mujer, según me había comentado hace tiempo Elise, que igualaba la miseria de las personas a los pecados, para ella, una persona pobre, era pobre porque lo merecía, porque Dios la había condenado a ello. No es de extrañar que la sensibilidad de mi amiga chocara con las aristocráticas formas de la dama en cuestión.
Tras el silencio repentido, la señora Levén tuvo a bien comentarme que su esposo se había retirado pues desde hace un mes, habitaba en el pueblo un hombre del que nadie conocía procedencia, ni aún él mismo. Era un hombre que había venido moribundo y sin memoria de quién era. Comentaba que ni siquiera recordaba su nombre. Desde aquel momento había estado bajo los cuidados de una señora viuda que tuvo a bien acogerlo en su casa. de vez en cuando el doctor Levén había acudido en ayuda del hombre, buscando algún remedio que pudiera serle útil para ayudarlo a recuperar su pasado. No obstante todo había sido en vano. la urgencia de aquel día venía por una pesadilla que, según le habían comentado, había tenido el hombre aquella noche y el doctor creía que podía ser parte de su pasado que surgía a través de su subconsciente en los sueños.
Escuché el relato de la señora Levén con suma atención y sentí deseos de ver al hombre. Así se lo comuniqué a Elise quien accedió a acompañarme. De camino al hogar de la viuda Lenk, mi amiga me comentó que el hombre mostraba ya cierta ancianidad y que según los ropajes que vestía, podía haberse tratado de un noble o un burgués acomodado.
Llegamos a la casa de la ciuda quien nos recibió con suma amabilidad y nos comunicó que el señor Levén estaba ahroa mismo hablando con el hombre y había pedido que nadie les interrumpiera. Nos dijo que si deseábamos nos prepararía té para hacer más agradable la espera. Accedimos de buena gana y durante algo más de una hora gozamos de la amable compañía de una señora que a pesar de ser viuda y haber amado todos los días de su vida al que fuera su marido, había aceptado lo que el cielo le había deparado y procuraba llevar una existencia de lo más feliz y provechosa para el día en que le tocara a ella abandonar esta tierra, poder hacerlo con una sonrisa y que de esta forma, cuando encontrara a su marido, lo primero que viera de ella fuera esa sonrisa complaciente y sincera. Una muy grata mujer sin lugar a dudas. Debo confesarte una cosa. A pesar de que prestaba atención a cuanto nos relataba, cual los amantes que conociera Dante en su infierno, no podía evitar torcer la mirada mil veces buscando a Elise quién me miraba por momentos enrojecida y vergonzosa. Tal vez, pensé, ella me busque como la busco yo y desee lo mismo que mis sueños desean. Por respeto a la dama que nos había acogido, busqué una forma de cambiar de tema y que me hablara de aquel hombre al que había acogido. no tuvo tiempo de contarnos mucho antes de que el señor Levén hiciera acto de presencia. La señora le comentó el motivo de nuestra visita y al poco apareció por la puerta un hombre de aspecto anciano, ataviado con ropas que según pude deducir habían pertenecido al señor de la casa en la que nos econtrábamos, quien nos miraba con un acento extraño y medio temeroso. El doctor le invitó a que se sentara, cosa que él mismo hizo mientras la viuda Lenk les servía a ambos té. Estuvimos hablando durante un buen rato y siempre notaba al hombre serio y perdido entre las palabras. Era muy extraño. Lo contemplé realmente conmovido. No sabría explicar realmente la sensación de angustia que me causaba ver a aquel hombre. Pensé que igual que él había caido en el olvido de sí mismo, ¿Qué nos impedía a los demás caer en el mismo vacío, en la misma oscuridad? Temí que llegado yo a la ancianidad acabara mis días olvidado de quien había sido, temí ser ese hombre que nos miraba a todos temeroso, perdido y triste.
nos despedimos pronto y tanto el doctor como Elise y yo nos retiramos a nuestros aposentos. El buen doctor me invitó a que los acompañara durante la cena, pero cortésmente hube de rehusar. Gran aflicción sentía en ese momento mi ser y lo único que deseaba era volver a la soledad de mi dormitorio. A mi secreta oscuridad para meditar sobre mí mismo y pedirle a Dios que si había de llegar el día en que yo mismo perdiera la conciencia de mi ser, que al menos me hubiera dejado el tiempo suficiente para escribir lo suficiente sobre quién había sido para poder releerlo y así, en parte, siempre recordarme aunque lo hiciera como si se tratara de una novela externa a mi propia existencia. Tal fue el impacto que me causó la visión de aquel hombre.

Mi querido Friedrich, hoy más que nunca deseo volver a saber de ti, de mi hermano, de su familia y de todos nuestros amigos de Vienna. Cuéntame todo, hasta el más mínimo detalle que yo sabré amarlo como se debe.

Amigo por siempre
Eryk Von Bicken

Friday, April 22, 2005

A Friedrich Wolfgang. Vienna.
Insel, 2 de Enero de 18...

Mi muy preciado amigo:
Te escribo esta carta copletamente afligido y consternado. Las sábanas tapan mi rostro a los temores de la oscuridad y los cementerios se me muestran cual infiernos de pasión y amor destronados. Me descubro sinceramente temeroso de las cosas oscuras. Pero no quiero causarte mala impresión ni preocuparte sin que tengas conocimiento pleno de cuanto me ha llevado a este estado de desolación.
Sabe, siempre he sido persona en extremo sensible a relatos fantasmagóricos y mi imaginación siempre ha dado demasiadas vueltas a hechos que para otros no pasarían la calificación de meramente anecdóticos. Desde niño he padecido de sombras que me perseguían tras la tinta de las cuartillos de autores trágicos. Tal vez, esas acusadas lecturas fueran las que me han forjado tal y como soy hoy en día.
Te lo contaré todo desde el principio. Hace un par de semanas, mi joven amiga me invitó a la recepción que preparaba un buen amigo suyo y de su padre. Un noble francés que, en ocasiones, gustaba de viajar por las tierras austriacas y tenía una acomodada residencia en Insel. Era un hombre de letras, gran escritor y poeta, según predicaban algunos. Cuando llegamos, mi joven amiga tardó poco en llevarme ante su presencia. Era un hombre más bien bajito y regordete, cubierto el rostro por una prominente barba que, sin embargo, no ocultaba un acento bonachón y sincero. Theophile Gautier me dijo se llamaba. Me comentó que trabajaba de crítico y novelista en París y que por suerte parecía que las cosas le iban bien. Yo me presenté como lo qeu soy, un simple pianista y compositor que busca crear su gran obra para descansar en paz. Estuvimos hablando durante toda la noche de mil diversos temas relacionados con el arte. Él tenía un lema que pareció exquisito: "l'art pour l'art" Era un gran poeta y un gran conocedor de la literatura universal. Hablamos de pintores, de músicos, de escritores, de las tendencias que iban apareciendo en esta época de razones extrañas. Hablamos del amor como motor del arte y del arte como motor de la vida. Hablamos, qué sé yo, de mil inquietudes y deseos de ambos. Me pareció una persona encantadora, ya lo he dicho y practicamente me sentí triste cuando la noche llegaba a su fin y debía retirarme de nuevo a mis aposentos. No obstante, antes de irme, mi anfitrión me invitó a que acudiera con él la noche siguiente a una velada que iba a hacer con varios artistas residentes en Insel y poblaciones cercanas. Una velada de arte, la llamaba. Me pareció fantástico y acepté de buen grado.
Cuando abandoné la mansión, acompañé a mi joven amiga hasta sus aposentos y posteriormente conduje mis pasos hasta mi propio lecho. Debo decir que esa noche no hablé demasiado con la bella Elise. Casi no cruzamos palabras, tan imbuido estaba en mis pensamientos sobre mi nuevo amigo y tanto notaba ella lo profundo de mi meditación. No sé, algo había cambiado en mí. De repente no me sentía tan solo en el mundo. De repente Margueritte era otro mundo nuevo de posibilidades y por primera vez en mucho tiempo me sentía con ganas de continuar mi obra, por primera vez me sentí imbuído de un espíritu creador nuevo. Cuando llegué a mi habitación decidí sentarme delante del piano y componer. Creo que pasé el resto de la noche escribiendo partes varias de la ópera. Todas esas escenas especiales entre mi idealizada dama y el desposeído Fausto tomaron toda su intensidad de auqella noche.
Agotado por el cansancio de la noche de fiesta y la posterior dedicación a la ópera, pasé gran parte del día durmiendo. Cuando llegó la noche mi nerviosismo en torno a lo que me podría encontrar en aquella extraña reunión de artistas era palpable, pero caballero como soy, traté de disimular todo lo que me carcomía ante la atenta y preocupada mirada de mi casera, la cual había interrumpido gran parte de mi sueño preocupada por si estaba enfermo. Una gran mujer, sin duda alguna.
De nuevo me encontré en el hogar de Gautier y una vez me llevaron a la sala donde me esperaban encontré varios rostros que conocí la noche anterior y otros totalmente nuevos. Me presentaron como "artista de la música" y vergonzoso tomé asiento en uno de lso sillones que había preparado. La chimenea estaba encendida y a los pies de los sillones, dos mesillas de té servían de apoyo a una gran cantidad de libros que los invitados habían traido. Pude comprobar que algunos tenían como autor a varios de los presentes mientras que otros eran de autores ya clásicos de la literatura. Pude ver una cantidad llamativa de libros de autores clásicos como Virgilio y Catulo, Dante, Petrarca, Quevedo y otros tantos. La velada comenzó con la presentación de varios escritos que habían producido en los últimos tiempos dos de los invitados. Eran textos rebosantes de romanticismo y pasión. Las nuevas tendencias literarias está claro por dónde se iban decantando. Acto seguido, tras que los sirvientes nos endulzaran con varios postres de paladar exquisito y té, pasamos a contemplar varias obras de pintores esa noche presentes. Uno de ellos velaba por la perfección en las líneas, por remarcar la "realidad" de sus pinturas y dotarlas de una esencia tétrica y desgastada, como él mismo decía. Otro de los que nos presentaron sus obras, en cambio, prefería la sana esencia del impulso creador más que la perfección en unas líneas que existían, según su opinión y trabajo, para difuminarlas y confundirlas, más que para remarcarlas. Autores grandes, sin duda, de los cuales estaba seguro la historia haría honor. Seguidamente pasaron a discutir varios temas relacionados con el arte y la maravillosa esencia que lo cubre. Discusiones todas ellas muy gratificantes y especiales. Descubrí que todos los allí presentes eran verdaderos estudiosos del arte y del mundo y la vida en general. Eran expertos en el sentimiento sensible y poetizado de la vida.
La velada se me pasó en un suspiro y cuando parecía que llegaba a su punto final, nuestro anfitrión tomó la palabra y dijo que había llegado el momento de presentarnos un relato que había escrito al que le tenía mucho aprecio. Dijo que lo había titulado "La muerta enamorada". Apagó las velas y con la sola luz de la chimenea empezó a hablar sin leer ningún papel, lo conocía de memoria. Debo decir que las palabras se clavaron profundamente en mi alma y el joven cura protagonista de la obra me causó tal impresión que casi me sentí él y por las noches he temido despertar y verme convertido en una sombra de mis deseos. Todos somos dos personas, una que mostramos a la luz del día y otra que escondemos en las sombras. El cura del relato de Gautier estaba enamorado de una Vampira, una mujer que le entregó su amor a cambio de su sangre. Pero la maldad humana aumenta los desequilibrios de la religión y el cura pagó por sus pecados, por no haber aceptado amar.
Lloro como si la historia hubiera sido real, como si realmente la hubiera padecido yo. Espero de Gautier el permiso para poder hacer una copia y enviártela.
Desde esa noche, varias veces hemos quedado y hablado. Hace dos días se despidió cortésmente de todos nosotros alegando que por asuntos de negocios debía volver a París. Marchó y prometió un pronto regreso.
Es una de las personas que más me alegro de haber conocido y de las que más me han ayudado, inconscientemente, con mi obra. Se lo agradezco y espero sinceramente volver a verlo.
Espero de tu consejo y tus noticias, mi muy preciado amigo. También espero de esa visita prometida en tu anterior carta. Creo que te gustará este pueblo y sus gentes tan ausentes de avaricia y maldad. También quiero que conozcas a Elise.

Mis más especiales recuerdos
Eryk Von Bicken